¿QUÉ ES Y PARA QUÉ SIRVE LA MUSICOLOGÍA?

En una época de crisis económica, de terrorismo político, de ausencia de valores, de angustia ante la amenaza de una tercera guerra mundial, de hambre y de soledad, pareciera un lujo asiático que algunas personas se dediquen a la musicología. Más aún cuando se trata de una profesión de enormes exigencias intelectuales y, por lo tanto, de estudios prolongados y caros. Sin embargo, en las épocas de crisis es cuando más requiere la humanidad del cultivo de los valores espirituales, que la ayuden a sobrellevarla y a superarla. La música, como ningún arte, es capaz de influir benéfica o perjudicialmente en el individuo y en la sociedad. Por esta razón debe haber profesionales calificados que sepan encauzar, interpretar, guiar e influir en la música que esta sociedad consume.

Es difícil definir la musicología. En un sentido estricto, es el estudio sistemático y científico de la música. Así, tal como suena: de la música; es decir, de todos los aspectos que este arte implica. Sea música “clásica” o “culta”, sea música popular, folklórica o aborigen. Del pasado o del presente, de Occidente o de Oriente, del norte o del sur. Sea música vocal o instrumental, electrónica o mecánica. Sea religiosa o de cámara, sinfónica o tribal. Sea escrita en pergaminos o papiros, en diagramas o en sistemas de computación. Sea su texto en latín, alemán, castellano o dialecto. Además, el musicólogo debe ser, él mismo, un músico práctico. Los hay compositores, directores de orquesta o intérpretes. Pero también los hay no músicos: cuando se dan, sus trabajos son un esperpento, y al leerlos la música parece un artículo de laboratorio o un estudio de disección necroscópica.

Para el francés Jacques Chailley, la mejor manera de llegar a ser un musicólogo es partir amando profundamente la música por sí misma, y sostiene que no hay musicología “sino que en el trabajo original y de primera mano basado en fuentes auténticas”. Para eso, el musicólogo tiene que poseer sólidos conocimientos musicales y de idiomas extranjeros y estar al tanto de la literatura, la historia, la antropología, acústica, paleografía y muchas otras disciplinas que le servirán como ciencias auxiliares. Inevitablemente, tendrá que llegar a la especialización y a trabajar en equipos interdisciplinarios. También tendrá que aprender a escribir para comunicar los resultados de sus estudios en lenguaje claro y preciso. Por último, tendrá que luchar en contra de la incomprensión y el menosprecio por su oficio, abaratado por tantos que, sin conocimientos pero con mucha audacia, se autodenominan “musicólogos”. Todo esto, para ser recompensado, si tiene suerte, con un salario universitario.

Hoy vemos como la música se considera un negocio en lugar de un arte —un reciente congreso en París le asigna el cuarto lugar en el marketing mundial—; vemos también cómo los altoparlantes difunden mediocridades o estridencias en todos los rincones del orbe; asistimos a la pérdida de los valores tradicionales y autóctonos de la música de los pueblos, al menos ajenos a nuestra idiosincrasia y que, gracias al transistor, penetran hasta lo más íntimo de las conciencias en los rincones más apartados del territorio; vemos cómo se desconocen y se pierden ios tesoros históricos de nuestra música; comprobamos la desesperanza del compositor contemporáneo que no logra el acceso a su público. Es aquí donde el musicólogo tiene un amplio campo de acción y donde puede ejercer su influencia orientadora, que la sociedad debe comprender para otorgarle su respaldo y estímulo.

En América Latina hay pocos musicólogos, y los que hay lo son por vocación incontenible, ya que no por atractivo económico. Ellos y los por venir merecen el reconocimiento de su callada y paciente labor.

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