Unos vienen y otros van

Hace varios años me encontraba en la ciudad de Trinidad, en el Beni, Bolivia, realizando una investigación sobre la música en las antiguas misiones jesuíticas entre indios moxos. En aquella época, las comunicaciones con La Paz dependían de un antiguo avión bimotor, por lo que para regresar a la capital había que esperar hasta que éste apareciera, si es que el difícil clima selvático lo permitía.
Durante su larga espera trabé amistad con un técnico agrícola británico quien, en compañía de su mujer, también esperaba, pero no un avión sino un barco, para internarse en las profundidades del río Mamoré y llegar hasta el Amazonas. En una oportunidad, cuando conversábamos sobre diversos temas relacionados con América Latina, me comentó lo siguiente. “Ustedes, los latinoamericanos, están apenas a mitad de camino que los europeos. Vea usted, continuó, yo he pasado la primera parte de mi vida en Europa tratando de juntar minifundios en grandes cooperativas capaces de manejar predios extensos, porque está comprobado que el sistema de subdivisión de la tierra no funciona. Ahora, en cambio, pasaré la otra mitad de mi vida haciendo exactamente lo contrario: parcelando haciendas para producir minifundios”.
Estos recuerdos han aflorado al leer una crónica sobre la nueva ley que permitirá que Chile “se cubra” de radioemisoras en Frecuencia Modulada (FM). Entre las ventajas señaladas para esta proliferación se mencionó el limitado alcance que éstas tienen, lo que favorecería a las provincias, cada una de las cuales podría disponer de una o más estaciones sin interferencias molestas. Sin embargo, el resto de las afirmaciones refleja que el problema se ha enfocado con prescindencia absoluta de las implicancias culturales de este poderoso medio de comunicación. Tampoco se ha previsto el peligro incalculable de la acelerada pérdida de identidad nacional, primera avanzada de un nuevo colonialismo, que supone la exposición permanente a una influencia extranjera, si se recuerda que la programación FM es mayoritariamente de música comercial foránea.
La justificación de la ley se basa en el “fuerte interés” de los radiodifusores, en el menor precio de los equipos como consecuencia de la política económica y en el “aumento de la publicidad”, y se supone que “mientras más voces haya en el dial… más libertad de información”. Desgraciadamente, el “impacto” que ha producido en algunos el modelo comercial de la radiodifusión norteamericana les ha hecho suponer erróneamente que “todos queremos auto de lujo”, lo que se entiende sólo para quienes piensan que “en este negocio se vive del rating”
Los europeos, que vienen de vuelta por el camino de la cultura mientras nosotros comenzamos a ir, aunque sin saber cuál camino tomar, piensan distinto. La misma crónica nos informa que en Italia, cuya geografía es parecida a la nuestra, sólo hay dos emisoras FM; en Inglaterra, cinco, en Alemania, tres y, en Suecia, cinco.
Esta claudicación cultural ante la sociedad de consumo se podría simbolizar entre nosotros con el reciente reemplazo de una antigua librería céntrica por una “importadora” que, en lugar de libros que generan cultura, seguramente ofrecerá reproductores de sonido para afianzar e negocio de la Frecuencia Modulada a nivel nacional.