LA EDUCACIÓN MUSICAL EN CHILE

La asignatura de Educación Musical ha tenido algunas fortunas en nuestros establecimientos escolares, pero, en general, muchos infortunios: desde su inexistencia durante siglos a las honrosas excepciones que la dignifican hay un camino que pasa por la horrible “clase de canto”, que era tanto más entretenida cuanto más escarnio se hacía de ella y del profesor: el “viejo” o la “vieja” de música.

A mi juicio, no se debe hablar de clases de “Educación Musical”, sino, simplemente, de clases de “Música” y su objetivo debe ser enseñarles a amarla, a entenderla, a escucharla y, en lo posible, a practicarla. El refinamiento auditivo y el cultivo de la belleza son fundamentales en la formación integral del individuo, desde niño.

Pero no se puede enseñar a amar la música, ni entenderla, escucharla o practicarla, como tampoco se podrá pedir refinamiento ni sentido de belleza sonora a las futuras generaciones, si la mayoría de los profesores del país que sirven la asignatura no tienen los conocimientos adecuados, si los establecimientos escolares particulares y fiscales no cuentan con los elementos básicos para su desarrollo, si los directores de escuelas y las autoridades no enfocan el problema otorgando a la música la verdadera importancia que tiene, si los programas de estudio siguen siendo antimusicales. Por último, si los padres y los alumnos no exigen la dignificación de la música en la escuela.

Apenas hay unos 200 profesores de música que exhiben título en el país, y en la enseñanza básica, donde más se requiere el contacto del niño con la música no hay especialistas a cargo de la asignatura; importantes establecimientos no tienen tocadiscos, ni siquiera equipos de reproducción sonora en buen estado; la gran mayoría de las escuelas de Chile no tiene auditorios y cuando los hay, son acústicamente inadecuados. Estoy seguro de que los arquitectos que tengan a su cargo la construcción de los nuevos edificios escolares se acordarán de este “detalle” en la medida en que las clases de música del colegio los hayan motivado para ello. Igualmente lo harán los dirigentes del país que tengan que destinar los recursos correspondientes. El público del futuro, los profesionales de la música, los técnicos, los legisladores y los simples ciudadanos de mañana dependen de esa motivación.

Desde que el hombre nace requiere de estímulo de una buena música. Un autor francés decía, no hace mucho, que “la diferencia esencial que se nota entre los hombres se establece por las diferentes canciones con que fueron arrullados en su niñez”, y llega a asegurar que los niños que no han oído cantar a sus madres canciones de cuna bellas, cuando hombres “son indiferentes y apáticos”.

Platón propiciaba que se debía educar a los niños en la música como medio de inculcarles un entusiasmo por la belleza. Aristóteles, que asignó gran poder moral a la música, considera que “es absolutamente necesario hacer que la música forme parte de la educación de los jóvenes”. Otros pensadores de la antigüedad y tratadistas de todos los tiempos coinciden con estas premisas.

Actualmente, los profesores de música con título que hay en Chile poseen conocimientos avalados por una carrera universitaria, cuyo principal mérito consiste en la preparación musical que ella otorga. Sin embargo, son muy pocos todavía para hacer frente a una tarea de tanta magnitud. Por mientras, quedan miles de escolares que no escuchan música en sus aulas y muchos más que sólo aprenden unos cuantos himnos desafinados, o que pasan muchas horas copiando la historia de la música de los fenicios (que nadie conoce ni a nadie importa), o haciendo “trabajos de investigación” (que de tales sólo tienen la copia de textos de dudosa calidad) sobre temas que los mismos profesores ignoran.

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