HACIA UNA SOLUCIÓN

A decir verdad, no creo que haya “la” solución salvadora. Hay muchas soluciones diversas, que hay que intentar poner en práctica a la brevedad posible. Recordemos, con los grandes filósofos y teólogos de la antigüedad, que la mala música produce malos individuos y que la buena música, aquellos seres integrales, de los cuales se pueden esperar virtudes suficientes como para ser dignos seguidores de Cristo.

Pero no se puede hacer buena música con malos músicos. La Iglesia debe restituir la importancia de la música en su seno y valorar nuevamente su papel evangelizador. La Iglesia debe volver a ser la gran mecenas y patrocinadora de las artes, especialmente de la música, y los músicos cristianos debe encontrar en ella no sólo una fuente de inspiración, sino también un medio de vida. El arte y el artista no deben darse gratis. Mientras se mantenga la gratuidad en la música eclesiástica, ésta seguirá siendo pésima; asimismo, no existirá demanda de músicos religiosos, ni se crearán escuelas que los formen.

El Concilio avanzó, además, en otro concepto complementario: la iglesia no es sólo la jerarquía y el clero. La Iglesia está compuesta, además, por los fieles, que constituyen la gran mayoría. A ellos corresponde tomar en sus manos el cumplimiento de los decretos conciliares sobre música, sin pretender que el problema se resuelva desde el Seminario.

Los laicos debemos ayudar a la Iglesia, para lo cual habría que proponerse un programa, que debiera contener, al menos, los siguientes puntos: 1) reconocer que Dios debe ser adorado por medio de la mejor música que puede producir el país; 2) dignificar nuestro concepto sobre la importancia de la música y de los músicos en la Iglesia y en la comunidad nacional; 3) exigir la calidad que debe tener la música en cada comunidad parroquial, creando los mecanismos que así lo garanticen: capillas de música, directores de música profesionales, cantantes e instrumentistas idóneos, etc; 4) contribuir al mantenimiento de la música religiosa: el músico cristiano debe poder vivir de su arte, no de limosnas ni de profesiones extramusicales, tales como vendedor viajero o comerciante. Las condiciones de profesional y cristiano son complementarias pero distintas: el cristiano debe dar lo mejor de su arte a la Iglesia, pero también tiene que vivir de ello. ¿De qué vivieron, si no, Bach, Palestrina, Victoria, Torrejón, Araujo, Campderrós o Alzedo?

Los decretos conciliares aún esperan la respuesta de los fieles. Chile, país de músicos, tiene en sus manos la posibilidad de dar un ejemplo en esta materia.

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