El dia septimo -6

—Decidf venir a esta casa, de la noche a la mafiana. Necesitaba estar solo. Lo que no me he atrevido a deciros ni a ti ni a tu madre es el verdadero motivo de mi presen- cia aquf. Sara murio hace algo mas de una semana.
Ella dio un trago largo a su whisky. Sabfa con lo que me enfrentaba. Lo primero que uno hace ante la muerte de alguien es pensar que eso no puede pasar; lo segundo es intentar averiguar las circunstancias. Y Sarasur no iba a ser diferente.
—No puede ser, no, no puede ser. Que le ha pasado?
Ahora me tocaba a mi hacer el papel de hermano ma-yor, cosa que nunca habfa asumido. Ademds, no me sentfa capaz, necesitaba ser yo por primera vez.
—No lo se. No se de que ha muerto, ni por que. Solo puedo decirte que murio en su casa. Que tuvieron que hacer- le la autopsia para conocer las circunstancias de su muerte y que tengo el sobre con el informe forense encima de la mesa del salon. Sin abrir. Creo que no me corresponde a mf saber de que murio. Ya se que ahora no importa. Se que si lo abrie- ra podrfa conocer cual es la razon para que Sara haya des- aparecido, pero no estoy preparado para saberlo. Ademas…
—No, no entiendo nada. Pablo, que me quieres de- cir? Es que no te importa tu hermana? No se.
No sabfa que decir. No sabfa como hacerle entender lo que me ocurrfa. Yo tampoco estaba muy seguro.
—Sara, yo nunca tuve relaci6n con mi hermana. Nunca estuvimos unidos. No ejercf de hermano mayor. Me pa- recfa que se bastaba sola, que no me necesitaba. Que yo no pintaba nada en su vida. Es posible que no logres enten- derlo, a mf tampoco me resulta ftcil.
Sarasur estaba llorando, tenia los ojos muy abiertos, me miraba sin mirarme, como intentando escudrinar el sentido exacto de mis palabras. Lo que escondian detras. De pronto, se seco las lagrimas con cierta indignacion y me pregunto:
—Si no te importaba tu hermana, «jque necesidad te- nfas de venir a refugiarte aqui?

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